lunes, 19 de marzo de 2012

Día del padre


Se despertó a las cinco y media y la despertó a ella, dormida aún a su lado. Se besaron, como siempre cuando despertaban, un beso húmedo y un abrazo. Ella remoloneó un rato aun. Luego se lavaron y se vistieron. Lo habían preparado todo la noche anterior, apenas hacía unas horas. La comodidad que da la seguridad de lo planeado. Desayunaron y hablaron del viaje y revisaron las cosas por si acaso. No les pareció que faltara nada y a los veinte minutos estaban ya en la autopista.

Condujo él. El viaje duró tres horas y estaba nervioso y tenso cuando llegó a San Sebastián. Habían parado sólo a comer y estirar un poco las piernas. En el automóvil sonaba la música alegre de Louis Amstrong, el jazz de Nueva Orleans. Lo había elegido él.

La ciudad había amanecido con un medio sol ceniciento de nublados y lluvia suave que se arreciarían luego, a lo largo del día. El tiempo estable y típico de San Sebastián. Él se lo dijo a ella. Le dijo que por eso había metido el paraguas en el coche. Era necesario en aquella ciudad. Ella asintió, sonriendo. Le gustaba aquella ciudad fresca y preciosa. Había estado otras veces, con su anterior marido. Él la miró y le preguntó cómo se encontraba, si estaba mal o prefería quedarse en algún sitio y no asistir al entierro. Se lo había preguntado ya tres veces. Ella anotó mentalmente que era la tercera vez. Estaba inseguro. Sonrió y le dijo que no, que prefería estar a su lado en aquellos momentos. Él se concentró en el cruce que tenía que tomar para desviarse de la carretera principal e ir hacia el pueblo.
Sólo dijo gracias.
La música terminó al entrar en el pueblo.

Llegaron a la casa atravesando las calles mojadas, no había ningún otro coche aparcado. Habían llegado los primeros y él, de nuevo, la advirtió. No te asustes, dijo. Estará todo hecho una mierda. Mi padre no limpiaba. Mi hermano está enfermo. Los pésames se multiplicarán y habrá jaleo y mi familia es una extraña tribu terrible y descastada. Ella le cogió de la mano y le apretó.

- No te preocupes - dijo.- Estaré aquí.

El piso olía a basura y tabaco con vaharadas de pasado y de infancia que envolvieron a la pareja, sobre todo a él, y lo golpearon y lo echaron hacia atrás en el umbral de la puerta, apenas unos centímetros. Pasó desapercibido.
 Su hermano sonrió en una mueca apropiada para cualquier vestíbulo y los saludó. Él lo abrazó e hizo las presentaciones.

- Marta, mi pareja.

Lo habían hablado el día de antes. Cómo quieres que te presente: Mi pareja, mi compañera, mi mujer, mi esposa... A ella le gustaba: pareja. Él la presentaría después como la mujer a la que había unido su vida entera.

- ¿Puedes salir? - preguntó a su hermano.
- Qué remedio... - respondió.

Su hermano pesaba ciento quince quilos. Era moreno, pero con la piel pálida, y se había dejado la barba a la par que perdía el cabello. No se había vestido para la ocasión. Un jersey y un pantalón, una camisa sucia. No estuvieron mucho rato. Hablaron del funeral, del entierro, de la vida que habían llevado aquellos dos hombres en aquella casa, padre e hijo.

- Sobre la muerte de papá... Ya te contarán... Ha sido algo muy fuerte.

El resto de la familia esperaba abajo, llamaron desde el portal. Bajaron su hermano, su pareja y él, y se reunieron con los demás. Había algún vecino. Se dieron los pésames. Su madre no había querido subir en aquel momento. Iba cogida del brazo de su amante. No cesaba de repetir que aquel piso debía ser limpiado a conciencia. Quince años sin hacer una limpieza como dios mandaba. Sus padres se habían separado cuando el tenía catorce. Ahora tenía veintinueve. Se separaron cuando él apenas despuntaba y amaba y tuvo que escaparse del colegio interno por que no aguantaba volver ni un fin de semana más a aquellos turnos de brazos de madres y de padres extraños. Así los veía entonces.

Faltaba una hora para el entierro y le contaron toda la historia. La muerte de película de Buñuel que había atenazado a su padre mientras orinaba por la mañana. Un ataque. El tercero al corazón. Certero esta vez. Su hermano no se había enterado hasta las ocho de la tarde, cuando se levantó de un sueño cambiado y de una vida al revés en la que la noche era el día y la televisión su sol y su ventana al mundo. Agorafobia. Salía de la casa por primera vez en diez años.

Le contaron que no encontraron al forense. Que el médico no firmó el acta de difuntos porque él no era su médico y sólo era el de guardia. Que el funerario se negaba a meterlo en una caja sin los papeles necesarios. Los papeles. Dieciséis horas. Le contaron que no levantaron el cadáver hasta las doce, hasta que él llamó por teléfono y comenzó a remover y a tratar de ineptos e insensibles hijosdeputa al de la funeraria, al médico, a un juez que no estaba donde debería estar y a la madre que los parió a todos. Hasta que alguien llamó a la policía y la policía encontró al juez.

No dijo nada. Caminaron hacia el cementerio, despacio. Aun era pronto, faltaba más de una hora y se alargaría seguramente, por eso pararon para tomar algo en una de las múltiples tabernas del pueblo. Él se tomó otro café, solo. En los altavoces sonaba una “trikitrixa”. Los comentarios de pésame volvieron, esta vez con alientos de vino y sidra y alguna sonrisa bruta.

- Tranquilos - dijo uno-. Conozco a Juanito. Seguro que está jodiendo a algún cura allá arriba.

Los parroquianos rieron. Él sonrió, sólo un poco, y miró a Marta. Después buscó a su madre con la mirada y la vio salir indignada, con su amante del brazo. No pudo evitar que su sonrisa se ampliara.

Fue entonces cuando recordó algo que le dijo su padre hace años y miró a los parroquianos de caras rojas y narices vascas. Los “chiquitos” de vino sobre las mesas de madera. La música.

- Ahora vuelvo - le dijo a Marta.

Se fue a hacer unas llamadas y a hablar con el tabernero y los dejó allí. No tardó mucho. Sólo media hora. Aún conocía gente en San Sebastián. Le prometieron que se presentarían a la hora prevista. Harían lo imposible.

- ¿Dónde has ido?
- He hecho unas llamadas. De pronto he recordado algo que me dijo mi padre hace años.
Marta lo abrazó al ver sus ojos húmedos. Él carraspeó fuerte.
- Es una sorpresa - dijo. Y se serenó aventando la familia camino del cementerio. Por el camino no hablaron.

En el camposanto sólo estaba el enterrador, un hombre joven, de pie sobre la gravilla suelta del suelo que alfombraba el paisaje de cruces, cipreses y mausoleos. Los saludó y les dio el pésame, luego les abrió la capilla y se ofreció a destapar la caja.

- Prefiero recordarlo vivo - dijo él, y nadie se opuso.
- El cura vendrá después... - dijo el enterrador.
- El cura no vendrá - respondió él, cortante.- A él no le gustaban los curas.

Hubo un revuelo detrás, su madre probablemente. Apenas se volvió.
- No vendrá - repitió.

La familia no se quedó mucho rato. Comenzaron a salir cuando llegaban los primeros vecinos y conocidos de su padre. Sólo permanecieron él y Marta. Después Marta también salió.

Se acercó a la caja cerrada y le habló despacio, para sus adentros, de espaldas a la puerta, una mano sobre la tapa, completamente solo y acariciando, arañando la madera.

Has muerto joven, papá. Has muerto en este pueblo de mierda donde naciste y donde vas a terminar enterrado. Vasco de pura cepa con boina y chacolí. Querías ser ebanista, recuerdo que me contaste. Te gustaba la madera. Hacías caseríos vascos en miniatura cuando yo era muy pequeño. Te los rompía sin querer, jugando como juegan los niños. No era más que un niño. Te quería, papá. Trabajaste por nosotros tanto... tanto tiempo... Dejé de verte cuando entraste a trabajar en la papelera y te olvidé cuando me fui del pueblo. Apenas unas llamadas. La última vez que te vi fue cuando te jubilaste y trajiste el olor de tu trabajo a casa.

Sonrió su chiste tierno y malo y le tembló un instante el nudo en la garganta. La última vez que vio a su padre este no quiso recibirle. Bajó al portal, eso sí, y lo invitó a un vinito en el bar de abajo. Estuvo seco y sin sonrisas. Le preguntó qué había sido de su vida en todo ese tiempo y le lanzó unos cuantos reproches que él acusó como el hijo pródigo que era. Su padre siempre decía lo que sentía. Recordó las excusas vagas de aquella última vez, el somero resumen de su vida disipada, la sonrisa conciliadora que ya no funcionaba con su padre, y el abrazo fuerte del final. Tomaron ese vino y él se fue. Hacía dos meses de aquello y ahora estaban frente a frente de nuevo.

Ahora sabía por qué no había querido que subiera.

Su padre había sido un obrero fuerte de metro ochenta y cinco, grande y con los brazos como tubos de acero. Él le solía llevar la comida en ocasiones, de crío, en verano. Los sábados, los domingos. Dos fiambreras, una barra de pan, la bota de vino, una gaseosa, algo de fruta. Trabajaba dieciséis horas diarias. Había que pagar las operaciones de los oculistas que salvaron los ojos de su primogénito. Las dieciséis horas. Las mismas, pensó, las mismas que has permanecido tirado en el suelo de tu cuarto de baño mientras dormías tu último sueño bragueta abajo y quizá mujer desnuda.

Su madre entró en la capilla.
- Ven a conocer a tu prima Araceli.
Él no se volvió.
- Déjame tranquilo y vete a hacer puñetas. Hazme el favor.
- Hijo... Ven -. Su madre siempre insistía.
- Me estoy despidiendo. Déjame.

Necesitó un instante para retomar el recuerdo y lo recordó después trabajando siempre. Ausente. Lo recordó presente sobre la mesa del mantel de hule, el tablero entre los dos. Me enseñaste a jugar al ajedrez cuando yo tenía siete años, pensó. Con mucha paciencia. Te gustaba ese juego. También leías mucho. Al menos cuando yo era crío. Leíste el Don Apacible, de Sholojov. Dostoiewsky, Tolstoi, Chejov... Decías que los rusos eran como los vascos. También cantabas con voz de tenor el Kalinga de los cosacos. Te gustaba la música. El Jazz. Llenaste tres estanterías de discos y de libros del suelo al techo en ese piso obrero lleno ahora de basura y de páginas amarillas. Ahora yo escribo los libros que otros leen y juego al ajedrez con gente que no conozco. Eso es lo que me diste. Las lecturas tempranas. El ajedrez. La Literatura.

Lloró despacio, por primera vez. Sollozos ahogados y contenidos. Dolor. Pérdida. Se sobrepuso a ello y carraspeó y tragó saliva. Los hombres no lloran, papá. Recuerda.

Nunca vio llorar a su padre. Siempre o casi siempre dormía de día. Entraba de noche en la fábrica que acabó quemándole el alma y en la que perdió su sensibilidad y su inteligencia. Lo evocó leyendo libros de historia y de religiones foráneas y discutiendo con sus compañeros de aquellas cosas. Luego, cuando llegaba a la casa triste y agotado, contaba a su mujer aquellas cosas y él, su hijo mayor, le veía cenar en silencio las más de las veces, con uno de aquellos vasitos de vino pequeños, mirando a sus hijos jugar y sonriendo a veces y al final cayéndose de sueño sobre la mesa de la cocina con su mantel de hule y cuadros blancos y rojos mientras su madre terminaba de recoger los cacharros.

Eras un hombre fuerte, papá, y creo que lo seguirás siendo en tu otra vida. A veces volvías a casa de mala leche y te ponías a jurar como juró tu padre y el padre de este y como todos los vascos juran, en castellano, mentando a los curas y la iglesia y poniendo a dios por medio para que no falte nadie. Recuerdo que a mí me hacía gracia, una vez acostumbrado a aquellas explosiones de genio externo a la casa; cuando te miraba sonreír detrás de mis gafas, con el parche pegado en no recuerdo qué ojo donde siempre tuve un parche y me decías ven aquí chiquitín mi primogénito y me agarrabas con aquellas manos peludas y tan grandes como mi cabeza y me subías sobre tus hombros hasta que casi tocaba el fluorescente. Olías a tabaco y oso aunque nunca olí ninguno. Repetías a menudo aquello del primogénito. A Julián, mi hermano, le llamabas el benjamín. La historia de Jacob.

Te dejo, papá. Pronto descansarás en uno de esos cajones que sé que no te gustaban. No me dejarían entregarte a la tierra como viniste y hubieras querido irte, desnudo. Solo tu cuerpo y la tierra oscura. El tránsito del que me hablabas. Bastante van a hablar después de hoy, viejo. Cuídate.

Una mano le acarició la nuca y se volvió, esta vez sereno. Era Marta.

- ¿Estas bien?
-          Sí.
-          Se ha ido, creo, sin saber que le quería.

Permanecieron un rato allí y luego salieron despacio. Afuera, sus hermanos, su madre, el enterrador con una carretilla, algunos vecinos que habían llegado después, el cortejo...

Se acercó a su madre.
- Perdona mamá. Necesitaba estar solo.

Uno de sus hermanos le dijo...
- Oye... ¿Qué esperamos?
- Esperamos la música.

La música que comenzó suave en aquel instante tras el recodo de entrada del cementerio. Los antiguos amigos de juventud de su padre, todos de negro, dispersos por la provincia y reunidos al fin en un esfuerzo de llamadas y de prisas, la txaranga “Los Incansables” y su vorágine de trompetas y saxos tocando “When the saints go marching in”, lentamente al principio, en sordina casi, con respeto, doliéndose como le duelen los muertos a los músicos para crecer después, suavemente, con el jazz de Nueva Orleans oh when the saints que acalló las miradas de reproche y la mudez asombrada de familiares y vecinos mientras go marching in transportaban el cadáver. La música que terminó con la hipocresía en un in crescendo alegre mientras cruzaban la cuesta hasta el nicho I want to be there y que atronó entre las cruces y los cipreses con las trompetas y el ritmo for that number que convirtieron aquel entierro en el más cálido nunca visto al norte del país.

Más tarde, conduciendo de vuelta en la noche, Marta le dijo...

- Sí le querías. Vi que le querías. Todos lo vieron.

Después añadió:

- Y me hubiera gustado conocerle.

El miró los faros de un coche que venía a lo lejos en sentido contrario y con las luces largas puestas. Sus ojos se humedecieron.

- A mí también.

© Laserfam

2 comentarios:

Manuel M. dijo...

Te acompaño en el sentimiento. Muchas veces desconocemos a los más cercanos, aún a pesar de creer hacerlo.

Jean Larserfam dijo...

Bueno, se fue en 1998. Pero sí, en esencia ese es el mensaje.