Nosotros no concebimos la vida sin libros. Las esperas, los traslados en un transporte público, los ratos perdidos de una sobremesa en la que el sueño siempre se ha proscrito por una buena historia que no podías dejar, o el momento previo a dormir, leyendo en la cama y deseando que el día tuviera treinta y seis horas para continuar leyendo.
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Libros |
La mayor parte se han leído. Otros sólo a medias, por su tema, apenas unas consultas, o porque su autor no supo seducirnos más allá de la página cincuenta. De estos últimos, los españoles son mayoría. No es un juicio de valor, es un simple hecho. Y tampoco es culpa de esos autores.
No tengo paciencia.
Decía que no concibo la vida sin libros pero debería haber dicho sin historias.
Me consuela pensar que mi hija recordará, al menos, las librerías que visitábamos con ella para adquirir esas historias, ojeándolas antes, manoseándolas, oliendo su olor a papel y sosteniéndolas entre las manos como una promesa de buenos ratos.